Oriente y occidente: dos formas de entender la salud
El cuerpo como sistema: una mirada holística a la salud y la alimentación
Hoy analizamos un extracto del libro El poder curativo de los alimentos de Annemarie Colbin.
Durante siglos hemos intentado comprender cómo funciona el cuerpo humano. A veces lo hemos imaginado como una máquina perfecta; otras, como un conjunto de órganos independientes que se reparan por separado. Sin embargo, el capítulo que nos ocupa propone una reflexión diferente: el ser humano no es una suma de piezas aisladas, sino un sistema vivo en constante interacción con su entorno.
Esta mirada, inspirada en la teoría de sistemas y en una visión holística de la salud, nos invita a replantearnos cómo entendemos la enfermedad, la curación y el papel que desempeñan los alimentos en nuestro equilibrio.
Más que la suma de sus partes
Uno de los pilares del texto es una idea sencilla y profunda: un organismo vivo es más que la suma de sus partes. El cuerpo no funciona como una máquina compuesta por elementos separados, sino como un entramado de sistemas —digestivo, respiratorio, nervioso, inmunitario— que interactúan de forma continua.
Estos sistemas intercambian energía y materia con el entorno. Se adaptan, se reorganizan y buscan constantemente el equilibrio. Cuando aparece una perturbación —ya sea un agente externo, un cambio en la dieta, el estrés o una emoción intensa— el organismo intenta reajustarse. Esa capacidad de autoorganización es una de las características fundamentales de la vida.
Desde esta perspectiva, la salud no es un estado rígido, sino un proceso dinámico. No es la ausencia total de síntomas, sino la capacidad del cuerpo para adaptarse y recuperar su coherencia interna.
La enfermedad como mensaje
El capítulo cuestiona una visión reduccionista según la cual los síntomas son la enfermedad en sí misma. En cambio, propone entenderlos como señales del sistema, expresiones de un desequilibrio más amplio.
En un modelo holístico, una alteración no siempre puede explicarse únicamente por un agente externo visible. El funcionamiento del organismo puede verse influido por factores físicos, emocionales, ambientales e incluso sociales. El cuerpo y la mente no se entienden como entidades separadas, sino como dimensiones interrelacionadas de un mismo sistema.
Este enfoque no niega la utilidad de la medicina moderna, sino que sugiere ampliarla. Invita a integrar el conocimiento científico con una comprensión más global del ser humano.
La influencia del entorno
Otro aspecto clave del texto es la importancia del entorno. El organismo no existe en el vacío. Está en diálogo constante con el aire que respira, el agua que bebe, la luz que recibe, los alimentos que ingiere y las relaciones que establece.
Las condiciones climáticas, la estación del año, el ritmo de vida, el estrés o los cambios bruscos pueden actuar como estímulos que afectan al equilibrio interno. Desde esta óptica, el cuidado de la salud implica también una atención consciente al contexto en el que vivimos.
Esta idea conecta profundamente con la tradición mediterránea, donde el cuidado cotidiano —la alimentación estacional, el descanso, el contacto con la naturaleza— ha sido parte esencial del bienestar.
El alimento como factor directo en el funcionamiento del organismo
Uno de los puntos más relevantes del capítulo es la afirmación de que el alimento influye directamente en el funcionamiento del organismo. No solo importa la cantidad, sino también la calidad, el sabor, el color, la textura y la energía acumulada en los alimentos.
Más allá de los nutrientes medibles, el texto sugiere que los alimentos tienen efectos fisiológicos y psicológicos que no siempre son fáciles de cuantificar. Nuestra percepción, nuestros sentidos y nuestra experiencia subjetiva forman parte de la ecuación.
Esta visión no sustituye a la nutrición científica, pero la amplía. Nos recuerda que comer es un acto complejo que involucra cuerpo, mente y entorno.
Cambio, adaptación y responsabilidad
El capítulo insiste en que todo cambia. Los sistemas vivos fluctúan, se expanden y se contraen, como un péndulo en movimiento constante. Cuando comprendemos esta dinámica, podemos ver el estrés y las dificultades no solo como amenazas, sino también como oportunidades de reorganización y crecimiento.
Desde esta perspectiva, la verdadera curación comienza por el conocimiento: entender cómo funcionamos, reconocer nuestras interacciones con el entorno y asumir un papel activo en nuestro cuidado. No se trata de negar la intervención médica cuando es necesaria, sino de reconocer que el organismo posee una capacidad de autorregulación que puede verse favorecida o entorpecida por nuestras decisiones cotidianas.
Una síntesis necesaria
El texto no propone abandonar la medicina moderna, sino integrar. La visión mecanicista ha aportado avances indiscutibles, pero puede resultar limitada si olvida la complejidad del sistema humano. Del mismo modo, una visión exclusivamente holística pierde solidez si no dialoga con la evidencia científica.
Quizá el camino más sensato sea una síntesis: comprender al ser humano como un sistema vivo, dinámico e interconectado, donde la alimentación, el entorno, las emociones y la biología se influyen mutuamente.
En el cuidado del sistema respiratorio —tan sensible a los cambios estacionales y ambientales— esta mirada cobra especial sentido. La coherencia entre lo que comemos, cómo vivimos y cómo respiramos forma parte de un equilibrio más amplio.
Cuidar la salud, en definitiva, es aprender a escuchar el sistema que somos y a vivir en armonía con el entorno que habitamos.